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De chicos de la calle a Caballeros Reales (I)

Una historia que bien podría parecer de película (y lo es), pudiéndose encontrar como Los caballeros del sur del Bronx en Youtube), pero que fue verídica…

En lo que bien podría llamarse “Una historia del Bronx” unos chicos problemáticos de las clases más bajas de la sociedad fueron capaces de convertirse – gracias a un profesor que creyó en ellos cuando nadie daba nada por sus futuros – en unos héroes del ajedrez y de los periódicos de Nueva York, enderezando sus vidas y demostrando a todos que nada es imposible cuando uno se lo propone.

Adolescentes conflictivos y violentos, sin apenas autoestima, con repetidas faltas de asistencia a clase y donde cada uno iba por su lado hacia un futuro incierto: esto eran cuando estaban solos. Un fenomenal profesor se cruzó en sus vidas, el ajedrez los unió y el resto lo hizo creer en ellos mismos.

Una historia que todo el mundo debería conocer, gran ejemplo de superación para todos.

De chicos de la calle a Caballeros Reales
Cómo un amable profesor y el juego del ajedrez cambiaron las vidas en el ghetto

Título original:
From Street Kids to Royal Knights, How a caring teacher and the game of chess changed lives in the ghetto, Reader’s Digest, junio de 1989 – página 141

Artículo original

Errores en la película (al margen del artículo mencionado arriba)


Por Jo Coudert,
Traducción: Jorge Barón

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Un silbido llameante asustó al profesor Bill Hall cuando iba hacia su clase.

Dándose la vuelta, vio al chico de 15 años José Tavárez acercando un encendedor a un bote de vaporizador [spray] de desodorante.

“Hacer buen soplete”, estaba explicando el chico de Puerto Rico a un compañero de clase. Confiscando el bote, Hall también se rompió un brazo forcejeando en el combate entre un pakistaní y un chico ecuatoriano e hizo señales a Sze Wai Chen, recién llegada de Hong Kong, para que guardara su periódico chino.

Sze Wai, de 13 años de edad, señaló hacia el juego de ajedrez [un tablero magnético probablemente] que Hall llevaba: ¿Cómo decir inglés?

“¿Juegas? Preguntó Hall. Sze Wai movió la cabeza negando. Hall se preguntaba si la estudiante había entendido la pregunta.

Transferido recientemente al J.H.S 99 en el Este de Harlem de la ciudad de Nueva York, Hall enseñaba inglés como un segundo lenguaje, pero no tenía demasiado éxito con estos chicos. Todos eran problemáticos, algunos culpables de falta de asistencia crónica, vandalismo o robo. La mayoría tenían un intervalo de atención medible sólo en milisegundos.

El interés de Sze Wai en el juego de ajedrez era el primer centelleo de curiosidad de alguno de ellos. Deseando “llegar a los chicos” de la manera que fuera, Hall, un veterano profesor de 24 años, abrió el tablero y sacó las piezas. “El ajedrez es un juego de guerra,” comenzó, “un combate entre dos personas, como el boxeo o la lucha libre.” Conforme levantaba cada pieza, escribía el nombre en inglés en la pizarra. La clase quedó en silencio. “Si alguno de vosotros, tíos, quiere aprender cómo jugar,” dijo Hall, “que vuelva hoy después de clase”.

A las tres en punto, cuando los máximos gamberros Tony Pagan y José Tavárez seguían ahí despatarrados, Hall sintió una oleada de aprehensión. “Juntos estos tíos pueden engancharme”, pensó.

Pero los adolescentes nunca levantaron la vista del tablero de ajedrez mientras Hall describía la importancia estratégica de controlar el centro del tablero. Al final de la sesión, Pagan murmuró: “qué rollo, tío”.

“Bueno” dijo Tavárez. “Ahora nosotros jugadores de ajedrez”.

“No,” les corrigió Hall. “Ahora sabéis cómo se mueven las piezas”.

Para sorpresa de Hall, los dos chicos volvieron la siguiente tarde, junto con José Luis Ortíz y Javier Montano. Tavárez se enfrentó contra Pagan e inmediatamente movió para controlar el centro. La escuela debió haberse equivocado etiquetándole como alguien que rinde por debajo de su capacidad, pensó Hall.

Pronto, Szei Wai chen y dos hermanos pakistaníes, Bashart y Zia Choudhry, se unieron. Conforme el grupo crecía, Hall comenzaba a sacrificar sus horas de comida y las mañanas del sábado para enseñar los principios básicos del juego y supervisar las partidas.

Manual de Aprendizaje

Compañeros profesores le dijeron que era un gilipoyas. “Estás malgastando tu tiempo”, le dijo uno. “Esos chicos no tienen los cerebros más que para mojarlos con la lluvia”.

“¿Por qué no juegas una partida con ellos?”, le desafió Hall. Cuando el profesor hizo acto de presencia, Pagan le hizo papilla [¡sólo en el tablero!]. “Quizá el problema de enseñar a estos chicos son nuestras pocas expectativas para ellos,”, dijo Hall.

El día en que Pagan dio mate al mismo Hall, el profesor cruzó los brazos y silbó. “¡Ey, tíos, os estáis haciendo buenos!”

Pagan se rió burlonamente, con arrogancia. “¿Nos enseñas más?” preguntó uno de los chicos ansiosamente. “¿Nos enseñas trampas y sacrificios?”

“Si quieres aprender,” dijo Hall, “tendrás que leer libros de ajedrez.”
“¿En inglés?”, refunfuñó uno.
“Si lo que necesitamos saber está en inglés, leeremos inglés,” anunció Pagan firmemente.

La comprensión y vocabulario de los chicos pronto comenzó a mejorar. Cuando un profesor de ciencia remarcó el aumento de la concentración de Tavárez, el adolescente explicó el cambio: “Yo solía tirar la toalla si no entendía. Pero ya no lo hago, porque si tiras la toalla en el tablero de ajedrez, estás muerto.”

Un sábado por la noche Hall abarrotó su Volkswagen con chicos y les llevó a un club de ajedrez del centro de la ciudad. “Saque esos punkis de aquí,” gruñó un viejo.

Montano avanzó. “Señor,” dijo, “apreciaríamos que quisiera jugar con nosotros. Necesitamos competir.”

A regañadientes, el hombre aceptó. Cuando Montano hizo un movimiento que exponía su dama, el viejo agitó sus manos misericordiosamente. “Tú no quieres hacer eso, chico. Vuelve atrás.” Montano sacudió la cabeza. “El señor Hall dice que si cometemos errores debemos afrontar las consecuencias.” Con su dama debidamente capturada, el chico hizo dos jugadas más y le hizo jaque mate a su oponente. “Usted acaba de caer en una trampa que tiene 200 años de antigüedad,”, dijo Montano gravemente. “La encontrará en un libro titulado El Arte del Jaque Mate”.

Apretón de manos de caballero

Hall consideró inscribir a los chicos en el Torneo de Primavera de la Liga Escolar de Ajedrez de la Ciudad de Nueva York. “No puedes”, le avisó Edward Rodríguez, director del J.H.S. 99 [el Instituto]. “Serán vapuleados por alguien de las escuelas privadas y la autoestima y confianza en sí mismos que el ajedrez les ha dado será hecha añicos.”

Pero los chicos no estaban preocupados. “¿Quién dice que vamos a perder, tío?”, clamó Ortiz. “Vamos a ir”.

¿Cómo puedo hacer que este grupo de descamisados parezcan un grupo en un torneo?, pensó Hall. Necesitaban uniformes y un nombre de equipo. Puesto que el ajedrez es conocido como el juego real y los caballos representan los caballeros guerreros, Hall encargó una docena de camisetas rojas con el escudo “CABALLEROS REALES – J.H.S. 99”.

Se preguntaba si los chicos podían negarse a llevar algo tan “pijo” [conservador sería la traducción literal, pero queda extraña]. Sin embargo, en unos pocos días advirtió que sus gestos de tíos duros iban desapareciendo.

Le pidieron a Hall que les mostrara la manera apropiada de estrechar la mano. “Vamos a ganar,” dijeron. “Pero en caso de que no lo consigamos, perderemos como caballeros.”
Ortiz consiguió el primer puesto en la competición individual, Montano el segundo en su categoría de [seventh-graders, el curso que le correspondiera].

Incluso los chicos que habían sido derrotados estaban exultantes. Ahora eran los Caballeros Reales, y una victoria para uno era una victoria para todos.

Movimientos callejeros

A esas alturas los periódicos de Nueva York, encantados de tener una historia del Este de Harlem que no fuera de drogas o violencia, hicieron a los chicos celebridades locales. Y Faneuil Adams, un ejecutivo retirado de Mobil Oil, ofreció financiar un viaje del equipo a Syracuse, Nueva York, para jugar en el torneo del estado de 1986. Pero los chicos rehusaron ir…

Hall estaba asombrado, hasta que se dio cuenta de que los Caballeros no estaban asustados por competir, sino por no saber cómo manejarse ellos mismos en hoteles, trenes y restaurantes.

“De acuerdo,” dijo, “olvidad Syracuse. Pero permitidme celebrar esta victoria. Voy a llevar al equipo a cenar.”
En el restaurante, Hall comenzó meditando sobre el menú en voz alta. “Veo que tenemos una elección para el primer plato: sopa o copa de frutas. No quiero comer demasiado porque luego viene el plato principal, en este lado del menú…

Los chicos, ocupados observando qué cubierto utilizaba Hall y cómo cortaba su carne, dejaron la mayoría de la conversación a su profesor, quien habló de lugares en los que había estado, trenes que había cogido y hoteles en los que se alojó. Unos pocos días después Pagan anunció que el equipo había decidido que podría ser posible ir al torneo después de todo…

Se presentaron en la estación llevando sus pertenencias en bolsas y maletas compradas y llenas de ropa. Los pantalones de un chico estaban fuera, sobre sus rodillas, las deportivas de otro estaban destrozadas. Hall les llevó al otro lado de la calle, hasta una tienda de ropa, y les compró sus repuestos.

En el tren, los Caballeros sacaron sus juegos de ajedrez y comenzaron a practicar. Pronto tenían espectadores. “De Harlem Este, ¿eh?”, susurró un hombre a otro. “Me pregunto cuántos están metidos en drogas.”

Pagan le escuchó. “Ninguno de nosotros,” dijo. “Nosotros estamos metidos en ajedrez”.

Continuará (o no…)



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