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La historia de Phiona: ¡dadme algo por lo que luchar! (1)

Actualización 2016 : en septiembre de este año se estrenará la película que Disney ha rodado sobre Phiona y su historia. Su título es Queen of Katwe (La Reina de Katwe), y éste es su trailer:

A mitad de artículo añado el enlace a otro vídeo donde podrás ver cómo es realmente Phiona, la zona donde creció y cómo cuenta su historia. Lo que sigue debajo fue narrado en marzo/abril de 2011.

Hace unas semanas me impactó una de las más crudas historias reales que he leído nunca. Su protagonista, Phiona Mutesi, tiene una edad que “oscila” entre los 14 y los 17 años y no vive en nuestro preciado primer mundo, donde decidimos como gastar el “tiempo libre”, porque otras cosas ya están resueltas.

No. Ella vive en uno de los barrios más peligrosos de la capital de Uganda, Kampala, donde cero grados de latitud significan estar en el ecuador terrestre y sufrir un agobiante calor día tras día. Donde la lucha por la comida comienza justo después de acabar el día anterior. Donde la esperanza de un futuro mejor es tortuosamente baja.

Situación de Uganda en el continente africano

Pero hasta en el infierno aparece de vez en cuando un ángel que logra salir batiendo sus alas.  Phiona tuvo la suerte de conocer de rebote un juego de piezas extrañas, el ajedrez, y consiguió algo imposible: subir a uno de esos pájaros plateados que surcan el cielo de su barrio, Katwe, que siempre ve pero nunca toca. Y así llegó al cielo.

Mi tarde ha sido agotadora: he jugado una partida de ajedrez de torneo de 5 horas y media. Porque yo lo he elegido. He conseguido ganar porque he podido “coronar” una segunda reina con un peón valiente. Porque él ha sido el elegido. Pero todo eso queda en un segundo plano, porque ahora presentaremos a otra reina. Porque esta vez, y en contra de casi toda probabilidad, ella ha sido la elegida.

* Casos donde el ajedrez sirve como “algo por lo que luchar” hay muchísimos, créanme. Aquí sólo traduje la primera parte de De chicos de la calle a caballeros reales, donde un profesor fue capaz de creer en alumnos casi “perdidos”, lo cual daría lugar a la película Knight of the South Bronx.

Cuando entrevisté a Carmelita di Mauro, de la no tan lejana Sicilia, también me contó una conmovedora historia de un chico “casi perdido” (aparece en el enlace). Y hay muchos más; pero no todos tienen la suerte de salir en un reportaje o de tener éxito en su empeño. Por todos estos “héroes anónimos”, y sus mentores, es por quienes debe contarse la historia de Phiona.

1) El artículo original, en inglés, se titulaba Game of her life, y fue escrito por Tim Crothers. Esta crónica magistral (verán por qué) fue publicada el 4 de enero de 2011 en ESPN The Magazine y, hasta donde yo sé, recibió una notable atención en los Estados Unidos. Contiene probablemente algunas licencias (detalles que no son exactos; hay bastantes cuando se habla de ajedrez, por ejemplo). A cambio transmite una desgarradora sensación que – uno siente – debe ser bastante fiel a la realidad.

2) The Guardian se haría también eco de la historia en su edición del 18 de febrero.

3) Sports Outreach Institute (donde empezara la historia) le dedica también The queen of Katwe!

4) Agradezco la traducción al español realizada por la web de ajedrez Tablero de papel por Gianfranco Zas y Federico Viñas. Fueron, igualmente, muy amables al permitirme tomar su traducción como referencia. Finalmente, dada la variación de léxico latinoamericano-español, he decidido hacer la mía propia; no hay otra razón (aparte de que esto me permite poner el texto completo, entiendo). Pueden encontrar dicha traducción aquí.

5) ABC, El milagro de Phiona

Son las cinco y media de la mañana. Phiona debe haberse levantado ya; para mí, en cambio, es hora de acostarse. Les dejo con la cruda realidad de Phiona:

Portada del artículo de Phiona Mutesi en ESPN Magazine

Nota Jorge: La historia se desarrolla en dos líneas temporales principales (cuando se inicien aparecerán palabras seguidas en mayúsculas):

1) Siberia: olimpíada de ajedrez de 2010. Epoca en la que se escribió el artículo.

2) Barrio de Katwe, Kampala (Uganda): infancia de Phiona. Comienzos de siglo, hasta 2010.

 

LA PARTIDA DE SU VIDA

VUELA A SIBERIA a finales de septiembre con nueve compañeros de equipo, todos de 20 años o más, mucho mayores que ella. Cuando ganó la partida que la colocó en esta situación no tenía idea de lo que significaba. Nadie le había dicho lo que estaba en juego, así que jugó como siempre.

No tenía ni idea de que se había clasificado para los Juegos Olímpicos de Ajedrez. Ella, Phiona Mutesi, no tenía ni idea de lo que eran unos Juegos Olímpicos, ni de que su victoria la enviaría a la ciudad de Khanty-Mansiysk, en la remota Rusia. En realidad, no tenía ni idea de dónde quedaba Rusia. Cuando se enteró de todo, sólo hizo una pregunta: “¿hace frío ahí?”

Pero aquí está Phiona, viajando con sus compatriotas, durante 27 horas, a través del mundo. Y aunque conoce a muchos de ellos desde hace varios años, el resto no sabe de dónde viene ni adónde aspira a ir, porque Phiona Mutesi viene de un lugar donde las niñas como ella no hablan sobre eso.

 

LA IGLESIA AGAPE podría colapsar en cualquier momento. Es una estructura destartalada que se ladea de manera alarmante hacia un lado y se mantiene en pie a base de desechos de madera, cuerdas, unos pocos clavos y fe. Es raquítica, como todo lo demás a su alrededor. Esta mañana de septiembre la iglesia alberga a 37 niños cuyas vidas son igualmente frágiles.

Se preparan para jugar a un juego del que ninguno de ellos había oído hablar antes de conocer al entrenador Robert, un juego tan extraño que no existe una palabra para él en luganda, su lengua materna.

Ajedrez

Cuando cruzan la puerta, las sonrisas arrugan sus rostros. Este es su hogar, un refugio, la única comunidad que conocen. Estos son sus amigos, hermanos y hermanas del ajedrez y aquí hay una seguridad y una comodidad relativos. Porque dentro de la iglesia Agape casi es posible olvidar el caos que reina afuera, en Katwe, el mayor de los ocho barrios de tugurios que hay en Kampala, Uganda, y uno de los peores lugares de la Tierra.

En la iglesia sólo hay siete tableros de ajedrez. Las piezas son tan escasas que a veces un peón huérfano debe ocupar el lugar del rey. Un niño se sienta en cada extremo de un banco tambaleante, sosteniendo el tablero entre sus rodillas huesudas mientras guarda en su regazo las piezas que ha capturado. Un niño de cinco años viste una camiseta raída que dice “Denver Broncos N º 7” y compite contra otro niño de 11 años, que a su vez tiene una camiseta, también raída, que dice “J’adore Paris”. La mayoría de los chicos están descalzos. Algunos llevan chanclas.

Son ráfagas de ajedrez callejero. Cuando pasan algunos segundos sin que nadie haga un movimiento se percibe una inquietud palpable. El ambiente es particularmente tranquilo, excepto por el sonido que hace una pieza desplazando a otra y por la disputa ocasional sobre la situación de una pieza en el tablero, tan descolorido que los espacios oscuros apenas son distinguibles de los claros. La rendición es señalada por un estrépito de piezas capturadas sobre el tablero. Un nuevo encuentro comienza inmediatamente sin la másmínima celebración.

El entrenador Robert Katende está aquí. También están Benjamín, Iván y Brian. Y cerca del estrado está sentada Phiona. Siendo una de las dos chicas de la habitación, Phiona está haciendo juegos malabares con tres partidas a la vez, dominándolas con su estilo agresivo, haciendo jaque mate a sus jóvenes oponentes mientras dibuja una flor en la suciedad del suelo con su dedo del pie. Phiona tiene 14 años (aunque, como veremos, podría tener 17 años en realidad) y su inmutable rostro no muestra ninguna señal que indique que al día siguiente viajará a Siberia para competir contra las mejores jugadoras de ajedrez del mundo.

 

¿HIELO? LA CEREMONIA DE APERTURA de los Juegos Olímpicos de Ajedrez 2010 tiene lugar en una pista de hielo. Phiona nunca ha visto hielo. Hay también luces de colores, bailarines dentro de burbujas y personas vestidas como piezas de ajedrez marchando alrededor de un tablero de ajedrez gigante. Phiona mira todo con las manos ahuecando sus mejillas, como si estuviera en el País de las Maravillas. Pregunta si esto ocurre cada noche en este lugar y su entrenador le contesta que no, que la pista se utiliza para partidos de hockey, conciertos y el circo. Phiona nunca ha oído hablar de esas cosas.

Vuelve al hotel, que con 15 pisos es el edificio más alto en el que Phiona ha entrado jamás. Sube al ascensor con miedo. Mira a través de la ventana de su habitación, asombrada por lo diminuta que se ve la gente desde el sexto piso. Se da una larga ducha, eliminando los vestigios de pobreza de su barrio.

Ficha de la Federación internacional de ajedrez de Phiona Mutesi

PHIONA MUTESI ES la última marginada. Porque ser africano es ser un marginado en el mundo. Ser de Uganda es ser un marginado en África. Ser de Katwe es ser un marginado en Uganda. Y, por último, ser mujer es ser un marginado en Katwe.

* Nota de Jorge: el término traducido como marginado es ‘underdog’. En una acepción, que vendría al pelo para recordar al final de esta historia, podría traducirse como “alguien que no es favorito” para algo (un deporte, por ejemplo), “pero puede dar la sorpresa”.

Se levanta todas las mañanas a las cinco para emprender una caminata de dos horas a través de Katwe para llenar una jarra con agua potable, andando a través de tierras bajas, que a menudo están tan inundadas por las lluvias torrenciales ugandesas que muchos residentes duermen en hamacas cerca del techo para evitar ahogarse [durante la noche]. No hay cloacas, y los desechos humanos del centro de Kampala se vierten directamente a los barrios bajos. No hay higiene. Hay moscas por todas partes. El hedor es terrible.

Phiona camina al lado de perros, ratas y ganado con largos cuernos, todos compitiendo con ella para sobrevivir en un estrecho espacio que se abarrota a cada minuto que pasa. Navega con cuidado a través de este lugar donde las mujeres son valoradas por poco más que el sexo y el cuidado de niños, donde el 50% de las adolescentes son madres. Es un lugar donde todo el mundo va de aquí para allá, pero nadie deja nunca. Se dice que si tú has nacido en Katwe mueres en Katwe, ya sea por enfermedad, violencia o abandono.

Siempre que Phiona se asusta en estos viajes, piensa en otro test de supervivencia. “El ajedrez es muy parecido a mi vida”, dice, a través de un intérprete. “Si haces movimientos inteligentes permaneces lejos del peligro, pero sabes que cualquier mala decisión puede ser la última.”

Phiona y su familia se han reasentado en Katwe seis veces en cuatro años; una vez porque todas sus posesiones les fueron robadas, otra vez porque su cabaña se estaba desmoronando. Su hogar actual es una habitación de tres por tres metros con su única ventana cubierta por una cortina de metal. Las paredes son de ladrillo, con el techo ondulado de hojalata sostenido por delgadas vigas de madera. Una cortina se dibuja a través de la puerta de entrada cuando la puerta está abierta, como siempre es el caso en el sofocante día a día de este país bisectado por el ecuador. Ropa lavada colgada en tendales entrecruza la habitación. Las paredes están desnudas, si exceptuamos números de teléfono grabados. No hay teléfono.

Los contenidos del hogar de Phiona son: dos jarras de agua, un recipiente para lavar, una pequeña cocina de carbón, una tetera, unos pocos platos y tazas, un cepillo de dientes, un espejo diminuto, una Biblia y dos colchones húmedos. Lo último basta para las cinco personas que regularmente duermen en la choza: Phiona, su madre Harriet, sus hermanos adolescentes Brian y Richard y su sobrina de seis años, Winnie. Bolsas de curry en polvo, sal y hojas de té son las únicas pistas de comida.

Phiona, el entorno donde creció y parte de la historia, narrada en primera persona

PHIONA ENTRA al recinto de juego, una cancha de tenis cubierta, con cientos de tableros de ajedrez, y rápidamente se da cuenta de que se encuentra entre las más jóvenes de entre los más de 1000 jugadores de 149 países. Tiene entendido que se trata de la más consumada colección de talentos de ajedrez jamás reunida, lo cual le pone nerviosa. Phiona es la segunda cabeza de serie del equipo de Uganda, pero ya no va a jugar contra niños; sus rivales son mujeres. Para sus adentros piensa: “¿realmente pertenezco aquí?”.

Su primera oponente es Dina Kagramanov, campeona nacional de Canadá [en 2009]. Kagramanov, nacida en Bakú, Azerbaiyán, ciudad natal del ex campeón del mundo Garry Kasparov, aprendió a jugar al ajedrez a los seis años. Esta es su tercera Olimpiada y, a sus 24 años, ha estado jugando en la élite del ajedrez mundial desde antes de que Phiona hubiese nacido.

Ficha de la Federación internacional de ajedrez de Dina Kagramanov

* Nota de Jorge: esta es otra de las afirmaciones que suele soltar algún periodista no especializado en ajedrez ya que no puede decirse, ni de muy muy lejos, que Dina haya estado nunca en la élite del ajedrez mundial. Igualmente, en el siguiente párrafo no existirá ninguna “trampa oculta” de la canadiense.

Kagramanov explota la inexperiencia de Phiona, tendiéndole una trampa pronto y ganando un peón, ventaja que tenazmente Phiona intenta revertir, pero no lo consigue. Después de la partida Kagramanov se asombra al enterarse de que es la primera partida internacional de Phiona contra un adulto.

“Es una esponja”, dice la canadiense. Recopila cualquier información que tú le des y la utiliza contra ti. A cualquiera se le pueden enseñar jugadas y cómo reaccionar ante ellas, pero razonar como ella lo hace a su edad es un regalo que le otorga potencial para grandes logros”.

 

CUANDO SE LE PREGUNTA POR sus primeros recuerdos, Phiona sólo puede recordar pérdidas. “Recuerdo cuando fui al pueblo de mi padre con 3 años para verle cuando estaba muy enfermo y una semana más tarde murió de SIDA”, cuenta. Después del funeral mi familia se quedó en el pueblo unas cuantas semanas y una mañana, cuando me levanté, mi hermana mayor, Juliet, me dijo que tenía dolor de cabeza. Buscamos algunas hierbas y se las dimos y luego ella se fue a dormir. A la mañana siguiente la encontramos muerta en la cama. Esto es lo que yo recuerdo.”

Cuenta también haber estado gravemente enferma cuando tenía 8 años. Harriet [su madre], le pidió dinero a su hermana para llevar a Phiona al hospital y, aunque nunca le dieron un diagnóstico, Harriet cree que su hija tenía malaria. Phiona perdió la conciencia, los médicos extrajeron líquido de su columna y Harriet estaba segura de que tendría que enterrar a otra hija. Ella después le diría a Phiona: “estuviste muerta durante dos días”.

Harriet, que a menudo está enferma, se ausenta a veces de la choza durante días tratando de conseguir dinero para la comida diaria de su familia: arroz y té. Se levanta a las dos de la mañana para andar cinco kilómetros y comprar los aguacates y berenjenas que revende en un mercado callejero. Phiona, que nunca sabe cuándo volverá su madre, es “dejada” al cuidado de sus hermanos.

Phiona no sabe su cumpleaños. Nadie molesta para registrar semejantes cosas en Katwe. Hay pocos calendarios. Menos relojes. La mayoría de la gente no sabe la fecha o el día de la semana. Cada día es idéntico al anterior.

Durante toda su vida, el mayor desafío de Phiona ha sido buscar comida. Una tarde de 2005, cuando tenía nueve años pero ya había abandonado la escuela porque a su familia no le alcanzaba el dinero, siguió secretamente a su hermano Brian fuera de la choza, con la esperanza de que podría conducirle a la primera comida del día. Poco tiempo antes, Brian había tomado parte en un proyecto del Sports Outreach Institute, una misión cristiana que trabaja para proveer ayuda y religión a la gente más pobre del mundo a través del deporte. Phiona vio a Brian entrar en un vestíbulo polvoriento, sentarse en un banco y comenzar a jugar con algunos objetos negros y blancos. Phiona nunca había visto algo parecido a aquellas piezas, y pensó que eran bonitas. Miró a hurtadillas desde una esquina una y otra vez, fascinada por el juego y también preguntándose si podría haber alguna comida allí. De repente la vieron.

“Niña”, dijo el entrenador Robert. “Entra. No tengas miedo”.

 

TIENE SUERTE de estar aquí. El equipo femenino de Uganda nunca había participado en una Olimpíada porque es caro. Pero este año, según miembros de la Federación Ugandesa de Ajedrez, el presidente de la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE), el organismo que regidor del ajedrez, está financiando su viaje. Phiona necesita rupturas como ésta.

En el segundo día de competición, llega temprano para explorar. Observa mujeres afganas vestidas con burkas, mujeres indias con saris y mujeres bolivianas con ponchos y bombines. Ve a una irakí arrodillarse y comenzar a rezar hacia La Mecca. Reconoce a una jugadora ciega y se pregunta cómo aquello es posible.

Cuando se aproxima a su mesa le piden que presente su credencial para probar que es actualmente un participante, quizá porque parece muy joven o quizá porque con su pelo corto, su jersey amplio y su chándal es confundida con un chico.

Antes de que su partida contra Elaine Lin Yu-Tong, de Taiwán, comience, Phiona se quita las zapatillas. No se siente cómoda jugando al ajedrez con zapatos.

A mitad de la partida Phiona comete un error táctico, costándole dos peones. Su oponente comete un error similar después, pero Phiona no se da cuenta hasta que es demasiado tarde. De ahí en adelante mira el tablero fijamente, alicaída, jugando el resto de los movimientos de forma predecible y pierde una partida que cree que debería haber ganado.

Nota de Jorge: en una partida de ajedrez de cierto nivel, dos peones, sin haber conseguido algo a cambio, suelen ser suficientes para ganar la partida. Si hemos de ser objetivos, deberemos tener esto en cuenta cuando hablemos del nivel ajedrecístico real de Phiona.

Phiona deja la mesa y se va corriendo al párking. Katende, su entrenador, le avisó que no saliera fuera sola, pero embarca en una lanzadera y vuelve al hotel, luego corre a su habitación y le grita a su almohada . Más tarde, Katende hace todo lo posible por consolarla, pero Phiona es inconsolable. Es la única vez que el ajedrez ha hecho que le saltaran las lágrimas. De hecho, no puede recordar la última vez que lloró.

Continúa en la segunda parte



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