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La historia de Phiona: ¡dadme algo por lo que luchar! (2)

Continuamos con la dramática historia de la joven ugandesa Phiona Mutesi, publicada con el título de Game of her life en ESPN Magazine el 4 de enero de 2011. En la primera parte , donde pueden encontrarse los enlaces a las fuentes originales, conocimos quién era Phiona Mutesi, cómo vivía en el terrible barrio de Katwe, en la capital ugandesa, Kampala, y cómo – cortando los hilos del destino – consiguió jugar una Olimpíada de ajedrez en la otra punta del mundo.

En esta segunda parte veremos cómo comenzó a jugar al ajedrez y continuaremos con su devenir en esa «extraña» Olimpíada en la que todo el mundo jugaba al ajedrez tan y tan lentamente… Seguimos, pues:

Portada del artículo publicado en The Guardian

Robert Katende fue un hijo bastardo que pasó su infancia con su abuela en el pueblo de Kiboga, en las afueras de Kampala. No aprendió su nombre hasta que, cuando tenía 4 años, se reunió con su madre en la barriada Nakulabye de Kampala. Hasta entonces había sido conocido sólo como Katende.

La madre de Robert murió en 1990, cuando él tenía 8 años. Comenzó entonces una odisea de 10 años en los cuales iba de tía a tía [cambiando de casa] y de escuela a escuela. Comenzó a jugar a fútbol siendo un niño pequeño en Kiboga pateando una pelota hecha de hojas de banana. Se convirtió en un delantero centro de tal velocidad y habilidad que, siempre que la persona a cargo de quien estaba no podía costear los gastos para enviarlo a la escuela, un director oía sus destrezas futbolísticas y le llevaba por una puerta trasera.

Cuando Robert tenía 15 años sufrió una lesión grave en la cabeza al chocar con un portero. Cayó en coma y todo el mundo en la escuela asumió que estaba muerto. Robert salió del coma a la mañana siguiente pero permaneció tres meses en el hospital, donde los doctores le dijeron que no jugaría de nuevo al fútbol. Estaban equivocados.

Nueve meses después de su lesión, y a pesar de insoportables dolores de cabeza, Robert volvió al campo de fútbol. El juego proporcionaba el único dinero que podía ganar. Después de un encuentro de fútbol en 2003, su entrenador le habló de un trabajo en Sports Outreach y Robert, un cristiano convertido, sintió la llamada. Comenzó jugando para el equipo del sacerdote y fue también asignado a Katwe, donde comenzó captando niños de la barriada con la promesa del fútbol y gachas después del partido.

Después de algunos meses, observó a algunos chicos mirando desde las líneas de la banda y buscó una forma de atraerlos. Encontró la solución en una reliquia casi olvidada, un tablero de ajedrez que le había dado un amigo en la escuela secundaria, tiempo atrás. “Tuve mis dudas sobre el ajedrez en Katwe”, admite Katende. “Con su educación y su entorno, me preguntaba, ¿pueden estos chicos realmente jugar a este juego?”.

Robert Katende, «entrenador» de Phiona, en la entrevista para ESPN Magazine

Katende empezó ofreciendo ajedrez después de los partidos de fútbol, comenzando con un grupo de 6 niños que llegaron a ser conocidos como Los Pioneros. Dos años después el programa tenía 25 niños. Fue entonces cuando una niña descalza de 9 años con una falda embarrada y hecha jirones miró a hurtadillas en la entrada y el Entrenador Robert le hizo señas para que pasase.

 

AJEDREZ. AJEDREZ. AJEDREZ. Después de un largo día en la Olimpíada los jugadores vuelven al hotel para hablar, de qué si no, ajedrez. Si no están hablando de ajedrez están jugándolo.

Dina Kagramanov se aproxima a Phiona en el vestíbulo del hotel y le entrega dos libros de ajedrez avanzado. Luego, con Katende ejerciendo de intérprete, las dos jugadoras analizan su partida de la primera ronda, con Kagramanov explicando la estrategia detrás de sus propias jugadas y preguntando sobre las decisiones que Phiona tomó instintivamente.

Como cada día que pasará en Siberia, Phiona es engullida por el ajedrez, descansando sólo para visitar el restaurante del hotel donde come tres veces al día en un buffet “all-you-can-eat” [“todo-lo-que-puedas-comer”]. En las primeras comidas Phiona cae enferma por comer demasiado. Incluso durante la cena, los movimientos de ajedrez son reemplazados con saleros y pimenteros.

 

“CUANDO POR PRIMERA VEZ vi el ajedrez pensé ¿qué puede hacer a todos estos chicos estar tan callados?”, recuerda Phiona. “Entonces les vi jugar la partida y estar felices y excitados, y quería una oportunidad para estar igual de feliz”.

Katende le mostró las piezas a Phiona y le explicó cómo cada una estaba regida por reglas sobre cómo podía mover. Los peones. Las torres. Los alfiles. Los caballos. El rey. Y, finalmente, la dama, la pieza más poderosa en el tablero. ¿Cómo podría haber imaginado Phiona en ese momento dónde la llevarían aquellas 32 piezas y aquellos 64 cuadrados?

Phiona empezó caminando 6 kilómetros al día para jugar al ajedrez.

Durante su temprano desarrollo, jugaba de forma temeraria. A menudo sacrificaba piezas cruciales en intentos arriesgados para derrotar a sus oponentes lo más rápido posible, incluso jugando con las piezas negras – lo que significa ir segundo [puesto que primero mueven las piezas blancas] y tomar una postura defensiva para abrir la partida. Dice Phiona: “Debí perder mis primeras 50 partidas antes de que el Entrenador Robert me persuadiera para actuar más como una chica y jugar con calma y paciencia.”

La primera partida que Phiona ganó fue contra Joseph Asaba, un niño que la había ganado antes utilizando una táctica llamada “el mate del Loco”, un esquema humillante que puede conducir a la victoria en tan sólo 4 movimientos.

[NT: algo falla aquí, puesto que el mate “del Loco” no es una “táctica” para ganar, sino que sólo se puede llevar a cabo si las blancas cometen dos errores graves consecutivos, dejando su rey expuesto y consiguiendo perder en 2 jugadas: 1.f3 e5 2.g4 Dh4 jaque mate.]

Un día Joseph no se enteró de que Katende había preparado a Phiona con una defensa contra el “mate del Loco” que permitiría capturar la dama de Joseph. Cuando Phiona le hizo finalmente jaque mate a Joseph, incluso no lo supo hasta que Joseph comenzó a sollozar porque había perdido con una chica. Mientras otras chicas en el proyecto estaban temerosas de jugar contra chicos, a Phiona le entusiasmaba.

Katende presentó a Phiona a Ivan Mutesasira y Benjamin Mukumbya, dos de los jugadores más fuertes del proyecto, quienes estuvieron de acuerdo en ser sus tutores. “Cuando encontré a Phiona por primera vez, la tomé como garantía de que las chicas son siempre débiles, de que las chicas no pueden hacer nada, pero llegué a darme cuenta de que ella podía jugar tan bien como un chico”, dice Ivan. “Ella juega muy agresivamente, como un chico. Le gusta atacar, y cuando juegas contra ella sientes cómo está siempre empujándote hacia atrás hasta que no tienes ningún lugar al que mover.”

Se extendieron noticias alrededor de Katwe de que Katende formaba parte de una organización dirigida por gente blanca, conocida en Uganda como mzungu, y Harriet [N.T.: la madre] comenzó a oír rumores inquietantes. “Mis vecinos me contaron que el ajedrez era un juego de hombres blancos y si permitía a Phiona seguir yendo allí a jugar, los mzungu se la llevarían lejos”, dice. “Pero no tenía para alimentarla. ¿Qué elección tenía?”.

Tras un año Phiona podía batir a su entrenador, y Katende supo que era el momento para que ella y los otros afrontaran mejores competiciones fuera del proyecto. Visitó internados locales, donde niños de orígenes más privilegiados rehusaban jugar con niños de los barrios pobres porque olían mal y les parecía que podrían robarles. Pero Katende continuó preguntando hasta que la niña de 10 años Phiona estuvo jugando contra adolescentes vestidos con chaquetas extravagantes y shorts, ganándoles sonadamente. Entonces ella jugó con jugadores universitarios, derrotándoles también.

Aprendió el juego estrictamente a través del ensayo y error, entrenada por un entrenador que había jugado al ajedrez de forma recreativa y de vez en cuando durante años, admitiendo que incluso él no supo todas las reglas hasta que le fue entregado el libro Chess for beginners [N.T: Ajedrez para principiantes] poco después de comenzar el proyecto. Phiona juega por instinto en lugar de confiar en la teoría de aperturas y finales de partida como jugadores más refinados.

Portada de mi próximo libro «aprendiendo ajedrez entre maestros y principiantes». Uno similar, aunque más básico, sería «Chess for beginners».

Tiene éxito porque posee aquel preciado gen ajedrecístico que le permite imaginarse el tablero muchas jugadas más adelante, y porque se concentra en la partida como si su vida dependiera de ello, lo cual en su caso podría ser cierto.

[NT: viendo las partidas de Phiona, decir que ve muchas jugadas hacia adelante no parece ser cierto, salvo quizá alguna línea forzada.]

Phiona primero ganó el campeonato de Uganda junior de mujeres en 2007, cuando tenía 11 años.

[NT: recordemos que la edad de Phiona no es clara. En ese momento podría tener 11 años, pero también 14 o una edad intermedia entre ambas.]

Ganó aquel título tres años consecutivos, y debería haber ganado el cuarto, pero la Federación Ugandesa de Ajedrez no tenía los fondos para organizarlo en 2010. Está todavía tan adelantada en su curva de aprendizaje que los expertos de ajedrez creen que su potencial es asombroso.

“Amar el juego tanto como ella lo ama y ser ya una campeona a su edad significa que su futuro es mucho más que cualquier chica que haya conocido”, dice George Zirembuzi, entrenador del equipo nacional de Uganda, que ha entrenado con Grandes Maestros en Rusia. “Cuando Phiona pierde se siente realmente dolida, y creo que esta característica le ayudará a mantener la sed de ser mejor.”

Aunque Phiona es ya inverosímilmente buena en algo con lo que no negocia [no gana dinero] incluso haciéndolo está, como la mayoría de las chicas y mujeres en Uganda, incómoda compartiendo lo que está pensando. Normalmente a nadie le importa. Intenta responder a algunas preguntas sobre ella misma con un encogimiento de hombros. Cuando Phiona es forzada a hablar, es apenas audible y normalmente mira a sus pies. Se da cuenta de que el ajedrez le hace destacar, lo cual le convierte en un objetivo en Katwe, uno de los más peligrosos barrios de Uganda. Así que está condicionada a decir tan poco como sea posible.

“Su personalidad con respecto al mundo exterior es todavía bastante reservada, ya que se siente inferior debido a sus orígenes,” dice Katende. “Pero en el ajedrez estoy siempre recordándole que cualquiera puede levantar una pieza, es tan ligera… Lo que te diferencia es dónde eliges posarla. El ajedrez es una cosa en la vida de Phiona que puede controlar. El ajedrez es su única posibilidad para sentirse superior.”

 

EL AJEDREZ NO ES un deporte para espectadores. Durante las partidas de la Olimpíada no es extraño que pasen 20 minutos sin [que ocurra] una simple jugada. Los jugadores a menudo dejan la mesa para ir al baño, tomar una taza de té o poner nervioso a un oponente haciendo ver que ni siquiera es necesario sentarse ante el tablero para conquistarlo. Phiona nunca deja la mesa. No sabe lo que significa poner nervioso a un oponente o, afortunadamente para ella, qué significa ponerse nerviosa.

Pero está inquieta. Estas partidas progresan demasiado lentamente para ella, nada como el ajedrez allá en Uganda. Ha pasado dos partidas moviéndose nerviosamente y encorvándose en su silla, desesperada por que sus oponentes siguieran con ella.

Cauteloso después de que Phiona se viniera abajo tras su segunda partida, Katende está lamentando la decisión de la Federación Ugandesa de Ajedrez de colocar a Phiona como segundo tablero del equipo, donde debería enfrentarse a las jugadoras más fuertes de otros equipos, más que a jugadoras de tableros más bajos con menor experiencia, a quienes sospecha que ella podría derrotar.

La tercera partida de Phiona es contra una Gran Maestra Femenina de Egipto, Khaled Mona.

Khaled Mona, Gran Maestra Femenina egipcia de ajedrez

[NT: en el ajedrez, por extraño que parezca en principio, hay dos tipos de títulos superiores en ajedrez:

1) Gran Maestro (GM, aunque masculino; máximo título para cualquier persona), y

2) Gran Maestro Femenino (WGM).

Ambos títulos son muy diferentes en cuanto a “calidad”, por así decirlo. Sin embargo, las mujeres también pueden llegar a ser Grandes Maestros (sin más añadido), cerrando así esta “paradoja” que, en realidad, tiene una buena explicación lógica.]

 

Satisfecha por el rápido ritmo del juego de Mona, Phiona es atraída por él y juega demasiado rápido, cometiendo errores fatales. Mona juega impecablemente y sólo necesita 24 jugadas para ganar. Cuando Phiona lo reconoce después de menos de una hora, Katende mira preocupado, pero Phiona reconoce que este día ha sido superada por una jugadora mejor. En lugar de desanimarse está inspirada. Phiona camina directa hacia Katende y le dice: “Entrenador, seré un Gran Maestro algún día.”

Las blancas (Mona, egipcia) acaban de avanzar el peón a d5, tras lo cual Phiona va a perder una pieza marcada en rojo: o bien el caballo, o bien el alfil cuando avance el peón una casilla más.

Parece aliviada, y un poco asombrada, por haber dicho aquellas palabras.

 

Continuará (o no)

 



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