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Ajedrez educativo en Olite (3): el cerebro emocional (parte 1)

En la tercera ponencia de Olite, bastante divertida, Jesús Osorio planteó una forma muy visual de acercarnos a los aspectos básicos relacionados con las emociones. Habló de

  • aspectos básicos del cerebro,
  • cómo puede influir el resto del cuerpo en nuestras emociones y procesos de toma de decisiones,
  • aplazamiento de la recompensa y
  • cómo el ajedrez puede ayudar a trabajar el plano emocional y muchos otros aspectos, cognitivos o no cognitivos.

Domingo, 8 de enero de 2017

Y llegó el turno del siempre divertido – pero serio, cuando toca – Jesús Osorio, con su emocionante presentación ¡Sin pasión no hay apretón!

La críptica cita “El ajedrez es la mejor apertura para pensar con el corazón” se la debemos a Lorena García Afonso. Ella y sus colaboradores – Ramón Aciego y Moisés Betancort – facultad de Psicología, Universidad de La Laguna, (Tenerife) -, publicaron en 2011 el interesante estudio Los beneficios de la práctica del ajedrez en el enriquecimiento intelectual y socioafectivo en escolares.

La introducción de la ponencia fue inesperada – menos para los que ya habíamos visto a Jesús tocando el instrumento, entre bastidores -.

Unos acordes y la entonación precisa con voz de barítono (jeje, es un decir) dieron paso a la primera diapositiva del cerebro, ese órgano que “nunca duerme”.

Créditos de las imágenes*, según el ponente (Jesús Osorio): parte superior: Newideas;

parte inferior izda: Fotolia ; centro: Dreamstime ; derecha: Psicobenestar

* Imágenes (diapositivas de la ponencia) y créditos suministrados por terceros. Esta web no se responsabiliza de los enlaces a las fuentes de imágenes, ni de sus derechos subyacentes, en las imágenes suministradas por terceros (las de la ponencia; enlaces adjuntados por el ponente, Jesús Osorio, así como afirmación de que sus derechos están en regla).

Como siempre, suele ser útil conocer la etimología de las palabras, ¿de dónde procede “emoción”? El término emoción, del latín emotio/emotionis, procede del verbo emovere, y tiene que ver con el movimiento [i].

Vendría a ser, pues, algo así como “lo que induce a moverse”, a trasladarse de un sitio a otro. Atacar, escapar o luchar son verbos que denotan acción, movimiento, algo a lo que nuestros antepasados lejanos debían de estar bastante acostumbrados… En este sentido, las emociones son programas de reacción automática.

Jesús siguió explicando que, si dividiéramos el cerebro en un edificio imaginario de tres pisos – algo ciertamente útil para explicar a los niños y las niñas en el cole -, tendríamos la siguiente estructura:

1) Piso inferior = funciones esenciales para seguir con vida (respiración, ritmo cardíaco…). Es conocido como “cerebro reptiliano” y podría tener unos 500 millones de años [ii]. Está situado en la parte superior de la médula espinal, en la base del cuello.

2) Piso intermedio = regula lo que tiene que ver con nuestra supervivencia (el hambre, los instintos sexuales, correr o pelear en situaciones extremas y las emociones). Es conocido como sistema límbico y tendría unos doscientos millones de años.

En él se encontrarían:

la amígdala, que tiene mucho que ver con el procesamiento y almacenamiento de reacciones  emocionales (miedo, ira…) y crea recuerdos relacionados con ellas, y

Créditos: Asociación Educar

el hipocampo, encargado de convertir la memoria a corto plazo en memoria duradera (memoria a largo plazo)

el tálamo: la estación repetidora o “torre de control” del cerebro. A él llegan los estímulos procedentes de todos los sentidos, excepto el olfato, y los retransmite a la corteza cerebral y otras [iii].

3) Piso superior = funciones “modernas” (visión, habla, funciones ejecutivas…). Vamos, lo que se supone que nos hace Homo sapiens sapiens… Se le conoce como neocórtex o corteza cerebral y habría aparecido hace unos 100.000 años.

El “problema” es que los diferentes pisos tienen, comparativamente, diferentes grados de evolución (en función de su antigüedad). ¿Quién manda aquí? Bueno… como nos hizo recordar Jesús, y veremos enseguida… ¡depende!

Somos seres emocionales que aprendimos a pensar, ¡y no máquinas pensantes que sentimos! [iv]. Esto, créanme, se nota mucho en los torneos de ajedrez…

La siguiente diapositiva apunta que el hecho de que reaccionemos sin pensar ante determinados estímulos supuestamente peligrosos es, básicamente, una cuestión de velocidad.

Primero

1) el Sistema Activador Reticular Ascendente (SARA), situado en la parte superior del tronco encefálico, filtra la información procedente de los sentidos. ¿Es algo desconocido? ¿Puede ser un peligro o una recompensa? Pues adelante. De ahí

2) la información sensorial relevante llega al tálamo, nuestra torre de control del tráfico. Se integran los estímulos procedentes de diferentes sentidos; menos el olfato, que va aparte.

A partir de aquí

3) la información resultante puede seguir diferentes caminos, en función de su supuesta peligrosidad para nosotros:

a) hacia la amígdala (se dice que un 5% de la información anterior)

b) hacia el neocórtex.

Este último camino es de especial interés para nosotros.

En caso de supuesto peligro… ¿quién recibirá antes la orden de actuar, la amígdala (reacción emocional) o las zonas del neocórtex (reacción razonada)?

Jesús amplió el mapa de España incluyendo algunos pueblos más jeje. aclarando que llega antes cuando va de Tálamo de la Serena a Amígdala de la Frontera. Esta imagen deja caer el porqué de este tren de alta velocidad…

Nota: el punto verde señala un punto que escogí, al azar, del tálamo. El tálamo es relativamente grande, por lo que la flecha naranja debería haber salido desde más abajo y ser considerablemente más corta. Por otro lado, la situación de la amígdala, que no aparecía en el listado de ítems, es aproximada.

La imagen del cerebro (sin flechas) es de dominio público.

Ya que su autopista es más corta, en esta carrera siempre será informada antes la amígdala de la presencia de un peligro potencial. Debajo comentaremos un ejemplo clásico. Los tiempos actuales que suelen darse son:

1) Tálamo – amígdala: 125 milisegundos (menos de la mitad de lo que dura un parpadeo) [v]. Es lo que se conoce como el “camino corto”. La velocidad media del ojo de un parpadeo es de 300 a 400 milisegundos.

En la amígdala – con sus bancos de memoria emocional – se evalúa el estímulo en función del binomio placer/dolor y luego se memoriza el resultado.

– Placer (comida rica): al núcleo accumbens + futuras conductas de acercamiento.

– Dolor (atracador): aviso al hipotálamo (que preparará al cuerpo elevando el ritmo cardíaco, etc para una reacción de lucha o huida) + futuras conductas de alejamiento.

2) Tálamo – neocórtex: 500 milisegundos. Se le llama el “camino largo”.

Se analiza la información y, si es necesario, se envía una señal de vuelta a la amígdala (“no es nada peligroso”). Se identifica la emoción y aparece lo que llamamos el “sentimiento” (que son cosas diferentes).

La cosa no es tan sencilla, puesto que, si antes ya se ha disparado la amígdala, el hipotálamo habrá actuado, nadaremos en un mar de neurotransmisores… y no estaremos precisamente relajados para poder analizar bien la información y la emoción generada. Es decir, será “complicado” analizarla de forma objetiva.

Créditos de imagen (Jesús Osorio): Doral News.market

Joseph LeDoux, quien nombró los caminos como “corto” y “largo”, ofrece el ejemplo de un paseo por el bosque. Vamos andando tranquilamente, cuando, de repente, oímos un crujido. Ante la posibilidad de que pudiera tratarse de una serpiente, la amígdala ya estaba trabajando en una respuesta mientras la corteza aún no había recibido la información [vi].

Así mismo, Malcom Gladwell expone, en su libro Blink, inteligencia intuitiva, lo que puede suceder cuando eres policía, acabas de realizar una persecución a gran velocidad y tienes al sospechoso enfrente. Básicamente, tu ritmo cardíaco se ha disparado más allá de las 145 pulsaciones por minuto y tu cerebro racional aún sigue la estela que ha dejado tu sombra en la carrera, metafóricamente hablando [vii].

Debemos tenerlo presente, porque es fácil perder la perspectiva cuando estamos sentados en casa, viendo las noticias. Para poder decir algo sobre la labor policial en situaciones tensas también debemos tener presente este importante detalle.

Uno de los objetivos del trabajo con/sobre la inteligencia emocional es, precisamente, tratar de amortiguar la prevalencia del camino corto sobre el largo. ¡Algo importante para nosotros, los entrenadores, y también para los docentes! ¿Cómo podría entrenarme para no dejarme llevar rápidamente por mis emociones? ¿De qué recursos podría disponer?

Por ejemplo, muy importante es tratar de reconocer las emociones, su grado de intensidad y ponerles un nombretransformándolas en sentimientos conocidos – “para domarlas”, como dice Daniel Siegel [viii]. Es decir, una palabra (el empleo del lenguaje, hemisferio izquierdo) nos permite dar nombre a una emoción y transformarla en un sentimiento.

Continúa en la parte 2

 

REFERENCIAS

[i] http://etimologias.dechile.net/?emocio.n

En el libro El cerebro sintiente, Francisco Mora añade un poco más para contestar a la pregunta: ¿Qué son las emociones y los sentimientos?

“Si nos atenemos a la estricta etimología de la palabra, emoción quiere decir, en esencia, movimiento. Es decir, expresión motora hecha a través de la conducta, sea ésta lenguaje verbal o simplemente corporal.

William James, ya en 1884, al preguntarse qué era una emoción, contestó que era una respuesta del organismo ante determinados estímulos del medio ambiente.”

[ii] Los datos están tomados del libro de Estanislao Bachrach Agilmente.

[iii] Como el hipotálamo, el núcleo accumbens, los bulbos olfatorios o la región septal.

[iv] op. cit.

“Durante muchos años creímos ser “seres racionales (córtex) con sentimientos (límbico)”. Hoy, los científicos acuerdan que el interruptor central del cerebro es nuestra parte emocional.

Somos seres emocionales que aprendimos a pensar, y no máquinas pensantes que sentimos. Esto tiene lógica si pensamos que el límbico lleva más de doscientos millones de años sobre la Tierra y el córtex apenas cien mil años. La emoción tiene más dominio sobre nuestra razón.

Por esto, muchísimas de las decisiones que tomamos en la vida son no conscientes; la gran mayoría de ellas está dominada por ráfagas de emociones (algunas liberadas de nuestra memoria, otras por emociones nuevas). Muchas veces nuestro consciente racional justifica decisiones que ya habíamos tomado antes de ser conscientes de ellas.

En definitiva, el botón cerebral para comportarnos frente a las variadas situaciones cotidianas está más influido por nuestras emociones que por la razón.

[v] La velocidad media del ojo de un parpadeo es de 300 a 400 milisegundos (Wikipedia).

[vi] Joseph LeDoux, El cerebro emocional:

“Imaginemos que estamos caminando por el bosque y oímos un crujido. El sonido va directamente al núcleo amigdalino a través de la vía talámica.

El mismo sonido también viaja al núcleo amigdalino desde el tálamo pasando por la corteza, que reconoce el sonido como el crujido de una rama que se rompe al pisarla, o como el sonido de una serpiente cascabel que mueve la cola. Para cuando la corteza lo ha averiguado, el núcleo amigdalino ya está empezando a defenderse contra la serpiente.

La información recibida directamente desde el tálamo predispone a producir respuestas, mientras que la tarea de la corteza es evitar la respuesta inadecuada más que producir la apropiada.”

Daniel Goleman, hablando a su vez de Ledoux en su clásico Inteligencia emocional, habla de un experimento llevado a cabo con ratas:

“En un experimento concluyente, LeDoux destruyó el córtex auditivo de las ratas y luego las expuso a un sonido que iba acompañado de una descarga eléctrica. Las ratas no tardaron en aprender a temer el sonido. aun cuando su neocórtex no llegara a registrarlo.

En este caso, el sonido seguía la ruta directa del oído al tálamo y, desde allí, a la amígdala, saltándose todos los circuitos principales.

Las ratas, en suma, habían aprendido una reacción emocional sin la menor implicación de las estructuras corticales superiores. En tal caso, la amígdala percibía, recordaba y orquestaba el miedo de una manera completamente independiente de toda participación cortical.”

[vii] Malcom Gladwell, Blink, inteligencia intuitiva:

“Por encima de 145 pulsaciones”, sostiene Grossman, “empiezan a pasar cosas malas. Las destrezas motoras complejas comienzan a descomponerse. Realizar alguna acción con una mano y no con la otra se hace difícil…

Con 175, se produce un fallo completo del proceso cognitivo… El posencéfalo se cierra y el mesencéfalo —la parte del cerebro que es igual a la de los perros (todos los mamíferos la tienen)— alcanza el posencéfalo y se apodera de él. ¿Ha intentado usted alguna vez mantener una discusión con una persona enojada o asustada? No se puede… Es como tratar de discutir con un perro”. A tan elevada frecuencia cardiaca, el campo visual se reduce aún más. El comportamiento adopta una agresividad inadecuada.

Es elevadísimo el número de casos de personas que evacúan el vientre cuando están en un tiroteo, y ello se debe a que al acentuado nivel de amenaza que representa una frecuencia cardiaca de 175 o superior, el cuerpo no considera ese tipo de control fisiológico como una actividad esencial. La sangre se retira de la capa muscular exterior y se concentra en la masa muscular central. El sentido evolutivo de este proceso es endurecer los músculos todo lo posible, convertirlos en una especie de armadura y limitar la hemorragia en caso de que se produzcan lesiones. Pero eso nos deja torpes e inútiles.

De ahí que, según Grossman, todo el mundo debería hacer prácticas de marcar el 112, porque él sabe de demasiadas situaciones de urgencia en las que la gente coge el teléfono y es incapaz de desempeñar una función tan básica como ésa. Con una frecuencia cardiaca disparada y la coordinación motora deteriorada, no es difícil marcar el 221 en lugar del 112, pues es el único número que recordamos en ese momento; o bien olvidamos pulsar la tecla que activa la llamada en el teléfono móvil o, sencillamente, no distinguimos unos números de otros. “Hay que ensayar”, sostiene Grossman, “porque sólo de esa manera se recordará el número”.

Éste es, precisamente, el motivo de que en los últimos años [N.R.: este libro se publicó en 2005] muchos departamentos de policía hayan prohibido las persecuciones a gran velocidad. No se debe sólo al riesgo de golpear a algún transeúnte inocente durante la persecución, aunque no cabe duda de que es en parte lo que se desea evitar, puesto que cerca de trescientos estadounidenses mueren cada año por accidente durante estas persecuciones. Se debe también a lo que sucede después de la persecución, ya que perseguir a un sospechoso a gran velocidad es el tipo de actividad que empuja a los agentes de policía a ese peligroso estado de “excitación” máxima.”

Y, más adelante: ““Es espantoso ir a gran velocidad, sobre todo por barrios residenciales”, afirma Bob Martin, un ex oficial de alta graduación del Departamento de Policía de Los Ángeles.

“Aunque sea sólo a ochenta kilómetros por hora. La adrenalina y el corazón empiezan a bombear como locos. Es casi como el punto máximo que alcanza un corredor. Es algo que produce mucha euforia. Se pierde perspectiva. La persecución te envuelve. Hay un viejo refrán que dice: “Cuando está de cacería, el perro no se detiene a rascarse las pulgas”.

Si ha escuchado alguna vez la retransmisión de algún agente de policía en mitad de una persecución, habrá advertido que se les nota en la voz. Casi gritan cuando lo hacen. Y si se trata de agentes que llevan poco tiempo, es casi histeria. Recuerdo mi primera persecución. Hacía sólo dos meses que había salido de la academia. Fue por un barrio residencial. Hubo un par de ocasiones en las que incluso las ruedas del vehículo no tocaban el suelo. Al final le capturamos. Yo volví al coche a informar por radio de que nos encontrábamos bien, y no fui capaz siquiera de coger el radiotransmisor, tan tembloroso estaba”.”

[viii] En su fantástico libro El cerebro del niño, del que hemos hablado en otras ocasiones, Daniel Siegel y Tina Payne Bryson comentan el siguiente ejemplo en su Estrategia del cerebro pleno nº 2, Ponle un nombre para domarlo: cuenta historias para aplacar las grandes emociones:

“Un día Bella, cuando tenía nueve años, tiró de la cadena y se desbordó el váter. Tras la experiencia de ver que el agua salía y se derramaba por el suelo, no quiso (y prácticamente no pudo) volver a tirar de la cadena.

Cuando Doug, el padre de Bella, descubrió la técnica “ponle un nombre para domarlo”, se sentó con su hija y volvió a describir el episodio del váter. Dejó que Bella explicara lo sucedido en la medida de lo posible y la ayudó a añadir los detalles, incluido el persistente temor a tirar de la cadena padecido por ella a partir de ese momento. Después de contar la historia varias veces, los temores de Bella disminuyeron y al final desaparecieron.

¿Por qué volver a contar lo sucedido fue tan eficaz? Lo que hizo Doug fue, en esencia, ayudar a su hija a unir sus cerebros izquierdo y derecho para que pudiera dar sentido a lo que pasó.

Cuando ella explicaba el momento en que el agua empezó a derramarse por el suelo y lo mucho que ella se preocupó y asustó, sus dos hemisferios actuaban juntos de una manera integrada. Recurrió al cerebro izquierdo al poner los detalles en orden y expresar la experiencia con palabras, y luego hizo intervenir el cerebro derecho al evocar las emociones que sintió. Así, Doug ayudó a su hija a poner un nombre a sus temores y emociones para que a continuación ella pudiera domarlos.”

 



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